Solsticio de Invierno

Abro los ojos. 

Hago equilibrios en el calor de mis propias caricias,

lloro mis tormentas en el lado frío de esta cama 

y te escribo poemas en este silencio hecho estrella,

constelada y lejana,

del cielo de mi boca. 

 

Aún me sabes a sol y arena,

a tormento en esta boca.

Pero en la piel, en la piel eres otra historia. 

Tiemblo exhausta, 

hasta entender que el frío empieza 

donde terminan las caricias,

cristaliza cortante cada hueco que habitas y ocupas en este pecho,

en cada sombrío rincón que mi lengua no roza,

que mis dedos no provocan,

en una piel blanca, intacta, que el grito no araña

y que se resiste a ser callada. 

 

Y entendí, 

entendí en aquel instante en que temblaron todas las estrellas, 

que el universo puede estar entre tus piernas, 

en las idas y venidas de tu mundo al mío y viceversa,

en el roce exacto y lento en que dos lenguas se entremezclan

y se lamen las heridas para no dolerse. 

 

Solo nos queda amor,

entregarnos con vehemencia al abrazo,

 y con la mirada llena de inviernos, 

a la bondad de unos labios que sin prisa,

nos acompañen.

Solo nos queda,

caminar descalzos sobre nieve y escarcha, 

y dejar que el amor que nos sostiene y envuelve

borre con acierto las huellas que separan la esperanza del desaliento.  

 

Hay demasiado frío en el mundo para quienes viven desnudos, 

pero abro los brazos de par en par y a pecho descubierto

te concedo mi deshielo,

el calor más íntimo de esta piel que cobija nuestra casa,  

que guarda nuestro beso más cierto

la caricia más exacta,

el temblor firme en dos palabras.

 

Abro los ojos, y estremeces.

Levantas polvo y sombras en mi espalda, 

y en mi boca sedienta de vida, 

entra tu aliento, 

mi dulce sol de invierno.  

Y sin querer,

todo me parece más humano,

menos muerto.

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