Perdona amor, si te beso lento

Dime…¿Quién crees que pone la primera luz al sol? A veces te observo con detenimiento, en algún reflejo que me regalas. Crees que estás despierto , solo porque abres los ojos. Y solo tengo que mirarte una vez para darme cuenta con cierta inquietud de que tus ojos, están apagados.

Hoy aquí, en este momento en que me envuelvo al abrigo de un aire dulce y melancólico, llueve. Llueve a cántaros. Me encanta esta expresión. A cántaros es algo así como que inunda, mucho, que te empapa, que desborda, que llueve como si el mundo fuera a acabarse en ese instante. A mi mente siempre llega esa imagen de esa película que tanto me gusta, donde en la escena final, llueve ese beso como si no hubiera mañana. Un mañana en que con toda probabilidad no desayunaremos con diamantes, aunque creo que haremos algo mucho mejor, lo haremos tú y yo, en este mundo, y espero que nos mojemos algo más que las ganas, porque ojalá, que lo hagamos sin paraguas. Dándolo todo como se dan las cosas que más llenan, como si la vida se fuera a acabar aquí y ahora.

¿Lo escuchas?.. Las gotas resuenan en el cristal como si un piano tocase al otro lado de este salón, para nosotros, en la penumbra, y se colaran como susurros de viento nocturno, entrando por todos los huecos, por esos mismos por los que pronto, llegará la luz de los primeros rayos de sol. Esos que quizá, aún te estés preguntando quién los enciende…

Y caen, resbalan las gotas sobre el cristal con una melodía que invita a dormir con los ojos abiertos, a mecerse en ese dulce sonido, en ese escenario perfecto al abrigo de nosotros mismos y del frío, que todos hemos sentido muchas veces, donde el silencio está lleno de acordes y notas que hablan de ti, donde una dulce tormenta de emociones se presiente cada vez que te sientes temblar en tu propia piel. Temblar, sin saber si es frío o caricia, como en esta madrugada en que yo me imagino más allá de los limites de estas ventanas, cuando mis ojos se posan más allá de lo que miran, en todo ese polvo de estrellas fugaces cayendo sobre mi paraguas, un paraguas que se ha convertido en mi cielo y en el que ellas, las estrellas, dibujan trazos en mi piel a caricias y dan luz a esta penumbra hecha intimidad. Hoy, ellas, todas las estrellas, curvan el universo. Ellas brillan, y yo lluevo. Lleno esta noche de emociones que bailan sobre el papel para decirte, que ojalá tu también lo hagas. Que llenes tus días de lluvia. Qué lluvia, me preguntarás… La tuya, te diré… Esa que poco tiene que ver con lo que nadie te diga y mucho con lo que tú creas, sientas y atrevas. Esa que tanto callamos. Esa que cuando la sueñas o imaginas posible, te hace pensar en un fugaz e intenso, ¿y por qué no? Esa que te hace mojarte de ganas, llenarte de vida, detenerte sin prisa, bailar con la duda y el miedo aun sabiendo que lo haces sin paraguas y al desnudo. ¿Cuántas veces nos escuchamos, como cuando nadie nos mira, nadie nos oye, ….? ¿Cuántas nos detenemos y decimos eso de, perdona amor, pero hoy voy a besarte y lento…?

Hoy, me he detenido a escucharme en cada una y todas las gotas de lluvia que resbalan sobre la ventana, a buscar en tus ojos que ahora me recorren entre líneas, el guiño complice que me confirme que si, que tu también sabes de qué hablo, y que también has sentido que esto no es solo una locura, que alguna vez has sostenido entre tus manos a ese pájaro tembloroso de tus ganas de vivir para echarlo a volar, o que has acariciado entre tus manos una taza caliente en la que soplar sueños al viento… o que cuando dicen que es en otoño cuando la tierra se convierte en el escenario perfecto para disfrutar las mejores lluvias, tu también piensas como yo en las de estrellas. Esas que ahora mismo mientras escribo, estarán lloviendo sobre nuestro cielo mientras nosotros, ajenos a tanta magia en ese universo, cruzamos el cometa Halley sin apenas darnos cuenta. Asi, algo tan mágico si lo piensas y como si nada, como quien oye llover…nunca peor dicho.

No, llover hoy no va de eso. No va de eso que llena sin sentido, una conversación sin sentido de ascensor, ni de esa molestia impredecible que te hace caminar encogido al resguardo de sus gotas, ni de ese caos que paraliza el trafico en hora punta trastocando toda la prisa que llevamos por llegar, ni de ese plan que se viene abajo porque, maldición, otra vez vuelve a llover.

No, llover tiene mucho de empezar, de tormenta si y también de la calma de después, de nuevo, de esa magia de traernos los recuerdos más melancólicos y ponernos delante los deseos más callados, camuflados bajo un impermeable que nos mantiene secos por dentro si, tanto, que si nos descuidamos, nos lo dejamos puesto para siempre por el por si acaso.

Llover, tiene mucho de sentir, de empaparse de todo, de aciertos y errores, de experiencias nuevas, de andar por la cuerda floja a riesgo de caída, de dar y dejarse recibir, de fundirse sin fronteras ni prejuicios, sin limites absurdamente establecidos.

Llover, créeme, es mucho de vivir. De quedarse pegado y anclado a una emoción, de sentir que eso es justo lo que tienes que dejar caer. No tanto de correr y dejarse llevar por este ritmo frenético en el que hacemos el amor en 3, nos concedemos minutos de 1 en 1, y nos damos tan solo 5 de cortesía para cumplir, hasta nuestros propios sueños… Qué locura de vida ésta para mi, que suelo dibujar garabatos en cualquier esquina o margen que se me antoje, o que escribo poemas en servilletas de cafetería y que albergo en el corazón pájaros cautivos de amor de algún poeta muerto, ajena por completo al paso del tiempo.

Y no sé tú, pero yo no he encontrado otra manera mejor de sobrevivir a uno mismo que esa, llorar en letras porque a veces voz no tengo, y besar la lluvia en el asfalto, porque entre caída y caída, no siempre nos levantamos. Asi sobreviví yo. Pero a ti, a ti quiero salvarte. Y que no llenes tus días de rutinas sin pararte a pintar ni llorar servilletas, sin decir me lo juego todo por ti, porque si, porque lo siento así y voy con todo. Y eso, debería ser suficiente. Suficiente para llenar tus días, todos tus amaneceres de una luz nueva y limpia, porque recuerda si es que aún sigues pensando en lo que te he preguntado, que la primera luz del sol…la enciendes tú. Del mismo modo que eres tú, quien apaga la luna al salir.

Llénate y truena de locura ahora que sabes que las tormentas perfectas nada tienen que ver con el tiempo, ni los sueños tienen otro nombre desde que los bailas entre tus sábanas, desde que yo soy un poco más mía y menos del mundo. Desde que tú, también. Desde que sabes que andas buscándote, aunque a veces, no te encuentres.

Y mañana, cuando amanezcas y tomes tu primer aliento, siente el calor allí donde apoyes tus labios, ya sea en tu café con sabor a noches de verano, o en el otoño de las hierbas de tu té aún verde, o en la suave caricia en la mejilla de unas manos diminutas, o en otros labios que te buscan y encuentran. Y ojalá que cuando lo hagas, no te acuerdes de mí y si de ti, y te sonrías y recuerdes la lluvia que hoy te escribo. Encuéntrala. Jamás una caricia debería ser caricia perdida. Que no nos resbale nada por la espalda sin notarlo. Que no nos dejemos nada que nazca del respeto y el amor en el tintero, donde nadie escribirá por ti.

Probemos. Date la vuelta, mírale a los ojos, agradece la caricia y devuélvesela. Mejor aún, bésala… Bésala y empápate hasta que la lluvia retumbe en el cristal de tus labios.

Porque…¿No crees que es así? Que así es como se sienten las mejores emociones que no conocen limites…Intensamente, a vértigo. Esas que llueven y te empapan hasta el alma como si no hubiera un mañana. Como retumban ahora estas notas en este salón en penumbra, ese “Imagine” de John Lennon tan bonito, que ante todo, no conoce fronteras. Y hace de cada instante, al menos los míos, de un delicioso tiempo detenido.

Asi que para despedirme… Perdona amor, si hoy te beso lento. Como si en este amanecer que ya empieza de dibujarse entre las sombras, hubiera un solo tiempo y ese tiempo, se detuviera hoy  para nosotros. Que las prisas no son amores, ni hay amores que matan. Tan solo dulces batallas que solo entienden del todo o nada, que coquetean entre si como si no hubiera un mañana. Porque no se puede dar lo que no se tiene. Y precisamente, tiempo es lo que no tenemos.

Asi que ahora, ve a por ella. Abre esa puerta y vete. Apaga la luna al salir, y llueve.

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