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Un cuento y tú navidad

Mai -  Un cuento y Tú Navidad

 Se sentó en el tranquilo banco de madera de siempre, ese que cuando se sentía perdida y triste, siempre le hacía sentirse como en casa. La noche temprana de diciembre hoy muy fría, tenía otra luz, muchos colores, mucho más ruido, y esa melodía navideña que hoy    parpadeaba en su corazón, en esa calle llamada melancolía.

 

Todos alrededor corrían de un lado para otro, los gestos parecían rápidos, el vaho de muchas bocas se palpaba con prisa al paso y curiosamente, el tiempo escaso.  Ella se sentía como si de pronto viera su vida pasar, lenta, desde un sueño del que hoy quería despertar.

En un suspiro de esos que te chasquean el alma sin saber porqué y que te invaden de       nostalgia todos los sentidos, cerró los ojos.

Una lagrima caía lenta por su mejilla. Se sentía tan sola como esa gota de agua que         resbalaba desnuda calle abajo. Y sintió, con ese calor que quema en la piel fría que ya    ningún abrigo cubre, otra lagrima caer. Esa que sabe a sueños por cumplir, a abrazo roto, a ausencias, a eso que siempre es y que necesita una tercera por eso que dicen de que no hay dos sin tres. Todo eso que no se puede escribir en una carta ni esperar que llegue envuelto en una caja.

 

De pronto, una voz se sentó a su lado y le preguntó: ¿Por qué lloras? Deberías volver a casa, es Navidad…

 

Esas palabras, le recordaron la razón de sus lágrimas, porque ella no siempre sabía volver a casa, su casa.

El hombre la miró sonriendo, como si leyera sus pensamientos.  Mientras se sentaba le soltó suavemente el lazo del pelo y lo dejó entre las manos de ella, que seguía hipnotizada por aquella voz desconocida y tan dulce y familiar al mismo tiempo. Era una extraña dulzura aquella. No sentía miedo ni tampoco frío ya. Se dejaba suavemente llorar, entre el aire y el ruido, mientras  apretaba su lazo entre las manos como quien sujeta un corazón perdido.

 

El hombre acercando su mano a la suya, le dijo: Quisiera mostrarte cada una de tus lágrimas. Ellas son el camino de vuelta a casa. Las respuestas a todas tus preguntas.

 

Siguió sentada sin comprender aquello mientras acercándose a ella, él acarició su mejilla diciendo…

Esta, que tanto quema, es lo que está roto en tu corazón.  Es una herida abierta. Debes    acariciarla cada vez que duela, pues ellas como tú, son sensibles al recuerdo. Y perdonarte porque borrarla no se pueda. Son marcas que en su fragilidad te darán siempre la fuerza.

 

Esta que duele, son tus miedos, tus renuncias a ti misma, tu miedo a amar y ser amado, lo que los demás rechazan de ti, tu miedo a ser... miedo a ser libre. Debes mirarles de frente y confiar en ti. Perdónalos. Y ámalos más. Como tú sabes. A ti la primera.

 

Y esta, dijo sujetando entre sus dedos la última lagrima, son todos los sueños que te debes y que duermen dentro de una bola de cristal, sueños que nunca debes olvidar soplar cada vez que te rompas, te hagas historia y te hagas verdad, aunque hoy pequeña, solo seas un cuento de navidad. Y perdóname, por lo de pequeña. Son las cosas de la edad y la ternura. Pero tú, háblate siempre en grande. Cordura…la justa.

 

Haz esto cada día. Es el mejor regalo que puedes hacerte y que recibirás. Te lo regalaras a ti, cada día, si cada día vuelves a ti cuando sientas que no encuentres el camino. En modo amor, por ti. Y perdóname otra vez, si te llamo amor. Es este frío. Es esta luz. Es esa ilusión en la mirada de un niño que contagia. Es esto que se llama magia...

…Qué dices tú, pequeña?

 

Ella rió a carcajadas y lo abrazó. Al hacerlo, su pelo que flotaba más libre que nunca con el viento de diciembre , acaricio la mejilla del hombre que la abrazó más fuerte que nunca   nadie, mientras el lazo se desataba y escapaba de entre sus dedos para perderse en el aire...

Entonces recordó aquello. Con la mirada aún empañada pero sonriente le preguntó:     Comprendo, pero ¿por qué soltaste mi pelo?

 

Él se levantó y alejándose susurró...¿Acaso podemos ponerle lazos al amor?

 

Ella abrió los ojos de repente y todo seguía igual. Todo excepto ella. Se soltó el pelo y lanzó el lazo al viento. Miró hacia atrás buscando esa voz, su verdad, y sonriéndole pronunció tres palabras... Feliz Navidad, Amor.

 

Mai

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