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El tiempo no tiene orilla

Mai - El tiempo no tiene orilla

Pongamos que contigo ya no es sin ti. Y que esta lluvia es como una de esas canciones sin letra. Esa que moja suave las aceras, al mismo ritmo lento en que tus manos deshacen por mi espalda las gotas de nube en gotas de lluvia…A punto de caer, a punto de mojar, a punto de romper, a punto de despertar a la vida de par en par.

 

A veces basta sentir amor para saber lo fuerte que hay que llorar para entender lo que es morir.

A veces basta ese pequeño y dulce mordisco en el hombro que la vida te regala para hacer girar sin cesar las gotas de arena que duermen en el reloj de tus caderas.

A veces basta un susurro al oído para detener y volver a reavivar la marea que en segundos inunda los huecos de un frío, seco y dormido invierno.

A veces, basta una palabra para sentir el peso de lo que ya no tenemos. El peso del vacío atragantado y ahogado en un ya nunca que retumba en la garganta.

A veces, olvido para recordar que cada día morimos un poquito a cambio de querer vivir mucho más.

 

Hoy sabes que nada más importa cuando sientes de verdad que la vida se te escapa entre los dedos, cuando quieres vivirla tanto y tan urgente que sin querer vibras, que la necesitas si o si, aquí y ahora, que no importa cuántas veces quieran alejarte de ella, que uno sabe que no hay nada más bonito como los intentos del océano por besar la arena.

Y yo te quiero ahí. Y tú quieres también. En la arena, esperando recogerme en todos mis pedazos, en todos mis intentos, en el empuje de las olas que me arrastran, que me envuelven y me llevan, inevitablemente, a morir en tus orillas.

 

Hoy sabes que el tiempo no es quien cura ninguna herida, que no tiene orilla y sencillamente se desliza, que eres tú quien has aprendido a jugar con sus lunas, a esconderte del sol cuando necesitas su sombra, que comerse la vida a bocados no necesariamente tiene que ver con atragantarse ni ahogarse. Ni con correr por delante del tiempo, ni siquiera con tratar de detenerlo. Y si mucho con disfrutar y disfrutarse del momento, del paso lento del tiempo cuando sin prisa lo recorremos, de ese tiempo que la vida dulcemente nos roba apenas lo reconocemos, de ese aire que nos quita sin ahogar, sin apretar, cuando ella asoma. De esa lluvia muda de primavera recién estrenada tras el cristal de la ventana, de ese silencio que me envuelve cuando me dejo sostener por sus brazos, ese abrazo que te protege como si nada más fuera necesario ni nada más fuera a ocurrir fuera de esas paredes color carne y beso, como si nada tuviera fecha de caducidad porque ahí estamos, con esa sensación de eternidad entre las manos, de sueño y sueños entre los dedos enlazados, de silencios que nada tienen de vacío, de momentos compartidos, amor y sueños contenidos, llenos de susurros lentos, cálidos, a vértigo revueltos, entre tu pecho y mi pelo, entre tu boca y la curva de mi cuello. En ese remolino de viento que sientes recorriendo tu espalda, que sube y baja como la espuma, que se besa y acaricia entre los labios, hasta que entras y te quedas, y así una y otra vez, despiertas.

 

Hoy quizá sabes más que ayer. De vivir y latir con la vida, en esa sensación de no llegar pronto, ni llegar rápido, simplemente llegar. Y lejos. Lejos y contigo mismo como si no hubiera otro modo, ni otro camino. Y a cada paso, a cada bocado, tú conmigo y juntos un poquito más lejos. Para volver a empezar, que al final, siempre es seguir y avanzar. Ese bucle infinito, ese punto y seguido que siempre es comienzo, ese provocador y necesario paréntesis abrazando tu ombligo, esos puntos suspensivos que tanto te gustan cuando gritan a los pies de tus orillas, donde escuece pero no daña, donde todo es después paz y calma.

 

 

¿Pero qué ocurre cuando sientes que la vida se te va? Cuando se deshace y se deshoja a pedazos por el suelo, y todas las orillas se desdibujan y el cielo de pronto se hace crudo invierno. Y qué ocurre con ese dolor que se siente cuando te aprieta el corazón hasta recordártelo…hasta ponerte de rodillas ante la vida y recordarte que no somos dueños de nada, ni siquiera del tiempo?

 

Que ella no se detiene, no. Y a veces ni te cede la palabra. Te obliga a seguir mientras tú, lates. Aunque ya no sepas ni cómo. El latido se resiente, se quiebra, como ese piano de cuerda rota pero que aún así, sigue sonando. Quizá con una melodía más quebrada, sin letra, a sollozos a veces en el silencio, a susurros entre el ruido, aunque sonando sin parar… como esta lluvia de hoy. Sigue sonando.

 

No hay latido. Tres palabras. Un segundo. Una vida. Un ya no. Aquella tarde de lluvia. Aquella amarga forma de mojarse las aceras. Aquel silencio hecho melodía en mil maneras. Aquel lo siento. Aquellos tres puntos suspensivos… Silencio. Hasta mi propia voz se ha ido. Y sigo.

 

Sigues. Porque hoy sabes también, que nada se detiene, que no somos dueños del tiempo, ni estamos a salvo de los zarpazos inevitables de la vida. Que la vida, es aquí y ahora. En cada intento desesperado por buscar agarrarme a tu orilla. Se que lo notas. Suspendida en algún punto a la deriva que de pronto lo ha revuelto todo. Mi pelo, mis ganas, mis sábanas…

 

Hoy me has llamado amor, hoy amanece, ya no llueve. El sol tirita en tu sonrisa y amanece de nuevo para mi, para ti, para nosotros. Y es que hay espaldas que salvan vidas. Hay besos que encierran salidas. Todo es más vivo, más colorido, todo parece invitar a hablar de pasión, a deseo, a quererlo aquí y ahora, donde la vida empieza cada cinco minutos o cada siete millones de segundos… Qué más da, si el tiempo ni nada importa cuando sabemos que eso, es justo lo que no tenemos. Tiempo.

Vivir en ese segundo que es todo, todo lo que dura y ya no será. Tal vez resuene por siempre si todo es bonito a su lado. Y vidas vividas por vivir o recordar, días que se van sin darnos cuenta y en los que a veces necesitamos que algo o alguien nos sujete a la vida por un instante. Nos recuerde cuando lo olvidemos, que aún vivimos. Que caer está permitido, que nos dejará sus brazos abiertos cuando nos lancemos a sus precipicios , que el cielo está aquí abajo cuando estás a mi lado, y saborearte, detenerte en esos momentos, a bocados de placer, a quemarropa, a sorbitos, a cucharadas, a besos, a flores en tu pelo, a te hace desearte, vivirte, recordarte a mordiscos…a cierra los ojos y despierta. Vive. Que el deseo nos mire de frente, mientras tu y yo fundimos lo que antes deshicimos, mientras dejamos de mirarnos a cambio de vivir con los ojos cerrados. Vivamos una vida en la que se respire aire, llena de besos y abrazos, y en esto si, amemos el derroche y seamos. Que no hay nada mejor que ahogarse en suspiros y en cuellos que saben cielo y huelen a casa. Reír hasta perder el hilo de la propia risa y desgastarse a caricias hasta que la piel diga basta, y descubramos cuantos nuevos horizontes se esconden detrás de tu sonrisa, detrás de tu pelo desordenado cuando soplan tus ganas a favor, de las flores que pueden brotar de todas las cicatrices mal curadas, de todos los golpes y piedras marcadas en tu espalda a caricias hechas camino y hoy dibujadas.

 

Quién sabe, no se a ti pero a mi, algo me dice que ame esa lluvia. Esa que solo es melodía. La misma que te vio renacer de tus cenizas, ahogarte en tus tristezas o llorar en tus alegrías.

Quizá la lluvia te sorprenda y todo lo que quiera sea tan solo morderte la vida y acariciar tu mundo mientras sea tuyo. Quizá estemos aprendiendo que vivir va más allá de lo correcto, lo perfecto, lo inevitable y aprendiendo a vivirnos a peso, a pelo, a piel, a suspiros de deseo rotos. A elegir que sea siempre la ilusión la que nos despierte.

Quizá eso de comerse la vida a bocados sea un poquito así…algo así como estar  eternamente enamorados. 

Mai

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