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Desde tu columpio​

Mai - Desde tu columpio

A veces eres pura, pura contradicción. Las esperanzas y pasiones más ardientes se te hicieron hielo y ahora nieva en tu corazón. Te has quedado con el alma dentro de un frío y crudo invierno. Murió el amor. Y ahora vives sin saberlo, cobijada entre la escarcha, del quiero y no puedo. Del hasta cuándo contigo. Del cómo pudo ser sin ti. Sin saber, que uno solo puede ser de donde ama, y que es allí donde siempre vuelve. Donde el sentido de la vida y tus sueños se posan. A ese dulce vaivén que siempre reconforta. Al viento cálido de primavera. A tu presencia. Allí donde el aire es más puro, entre tu pecho y espalda, al baile de tu viejo y gastado columpio, que hoy mueve y da vuelo a los pliegues de tu falda.  Y llueve, pero sus gotas no te tocan. 

 

Hoy, has vuelto a amanecer en tu piel de madera gastada, agarrada a tus cadenas que rozan y no a caricias que enamoran, entre ese ruido constante que araña tus oídos, ese que ya no es suspiro que a besos corta el aire.  Hace tiempo que tus pies, tocan suelo. Y aún así, los levantas lo justo para moverte suavemente y sin hacer mucho ruido. En ese vaivén que te reconforta si, pero que a veces te deja dormido.

Hace tiempo que sé, que la vida puede ser algo así. Una cama solitaria, un despertarte atada a los barrotes de acero de tu jaula, una almohada llena de sueños rotos.

Quizás me digas que tu vida es solo sueño, niebla y escarcha. Pero hace tiempo que también sé, que en este mundo que parece que todo lo pisa y lo desgarra, en que lo mismo da si tú vienes o si vas, en que hoy el tiempo se mueve a reloj y no a latidos, que la vida se destruye sin razón ni corazón, tú, la esencia y ese aroma tan tuyo, nunca mueren. Tú, eres mucho más que todo eso. Mucho más que el peso que frena tu impulso, mucho más que la gravedad con que tus pies descalzos se empeñan por tocar suelo. Mucho más que esa piel que ya no siente ni padece. Mucho más.

 

Tu alma es otra cosa, amor. Tu alma es lo que te mueve, es la fuerza que te impulsa hacia adelante, que te eleva hacia arriba, el suave césped que te cobija cuando caes de espaldas, los brazos que te sujetan cuando crees que caes solo porque tus rodillas tiemblan, es eso de lo que estás hecho, de sueños. de pedazos, de historias, de ti.

Y yo aún sigo creyendo que un sueño roto bien pegado puede volverse aún mas bonito y fuerte. Porque dime, si es que lo has sentido, si no es entonces cuando algo te inunda, alguien llega, repara tu columpio, arregla tus cadenas, te acaricia el alma y tu voz ya no es cautiva, ya no chirría, es solo melodía y de nuevo, vuelas.

 

Hoy he vuelto a amanecer y sé, que solo tengo que detenerme en tu mirada, en esa que se quedó con un pedacito de mi. Mirarte y verme antes de irte, abrazarte como si el tiempo fuera a despedirte, para perderme y encontrarme. y saber entonces, que en mis latidos  hay más por sentir, algo más que vivir, ese deseo de no vivir ya en otro lugar que no sea cerca de ti. 

Escúchate. Escúchalo soplar entre el viento, susurrarte entre el frío de una tarde de enero, o allí donde sea que una voz te hable, cuando te diga ante tu asombro que estás hecho de sueños. Escucha sus ojos cuando sujeten tus labios, cuando hablen palabras que solo tu entiendas. Quiérete más. Hazlo, porque volverás, porque tú nunca te fuiste. Porque llevas tu sueño sujeto a todos los cometas, el corazón prendido al cielo y tus manos  ya solo podrán escribir versos, abrir universos, donde no podrás más. Ya no podrás esconderte más, del calor de tu abrazo y de sus infinitos besos. Y aquí y ahora, volarás.

 

Hoy te he mirado, y he vuelto a encontrarte. En el libro de mi vida, que se abre en esa marca, donde guardo aquella flor, tan distinta, tan pura, tan frágil y tan fuerte, sin olor.  Alguien me dijo que contar amapolas en París es lo más parecido a cualquier búsqueda que huela a amor. El amor más idílico, el que florece en los tejados por la noche, el que nace y flota sobre el agua, el que adorna las calles y tu pelo, el que deja su aroma entre las hojas de un cuaderno. El que parece que nunca llegas a acariciar entre tus manos y te hace desearlo hasta ser pájaro, libre y al vuelo. Ese amor. El que a la vez está dentro de ti, la esencia de ti, en tu propio aroma. Aunque tantas veces te hayas sentido perdida o vacío en medio de ese campo en ruinas. Aunque  hoy solo escuches el ruido, de tu viejo y gastado columpio.

 

Quizá la vida huele así. A amor. A amapola. A fragancia de sueños creada para que cada cual encuentre su propio aroma. Hecho para propia búsqueda. 

Pero sé que hoy me siento hoy aquí y ahora, sentada en la misma piel de madera gastada, con mi vestido rojo, como si a mi alrededor los tejados se pintarán también de rojo, con sus chimeneas rojas, sumergida completamente entre lo poético y la calma.  Y cierro los ojos y siento la suave luz dorada que se refleja en mi cara. Y siento que solo cuando se siente con el corazón, uno tiene el poder de cambiar la realidad y disfrutar de un presente maravilloso, con el color y el aroma que elijamos, ese que nos de la serenidad que necesitamos, ese que nos convierte en una flor sensible para uno mismo, y el mundo.

 

Y vuelo. Con mis pies descalzos que parecen querer rozar el cielo, tanto que vuelo ligera y sin más peso que el pelo flotando al viento, sin más ruido que la risa poco después de caer contra el suelo. Caer, levantarse, herirse, volver a caer, sacudirse el polvo y volver al vaivén. Eso es vivir. Sacude tus manos, coloca tu vestido en cada curva, y el pelo no. Que ya sabemos que despeinarse tiene mucho de vivir. 

 

Y de la nada, te veo venir. Y del todo, comienza a llover. Y me quedo aquí, en pie, en medio de este jardín, mirándote a ti, que te elevas hacia el cielo frente a mí. Mientras gotas de agua caen sobre mi piel de polvo. Mientras se posan sobre mis pestañas y se confunden con alguna lágrima. Mientras la vida moja al fin, y tú me sonríes así. Se siente así. Como ese beso al que entregarse sin fin. Tan deseado, donde hoy escribimos sobre mojado. Donde hoy llueven mis ganas de ti. 

 

Quizás no pueda decirte nunca que siempre nos quedará París. Y verás que poco importa. Porque puedo decirte que si, que siempre nos quedará el aquí. El aquí y ahora, donde tú y yo siempre podremos ser pájaro libre y azul, donde uno siempre vuelve, donde uno siempre ama. Donde siempre podremos volver para encontrarnos, en ese dulce vaivén entre nuestros abrazos, en ese aire  limpio, en esa lluvia improvisada y apasionada…En nuestro viejo, gastado y mojado columpio.

 

Aquí. Donde hoy llueven pétalos sobre mi, resbalando desde los tejados, flotando entre el viento y el agua, mojando mi piel de ese aroma carmesí... como esa fragancia desnuda, de las amapolas en París.

 

 

Mai

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