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A punto de caramelo, tiemblo.​

Mai Alonso - A punto de caramelo, tiemblo

Suspiro ya largo rato sentada alrededor de una mesa en una larga tertulia servida en tres tiempos, con entradas y fondos de montaje espectaculares, todo hay que decirlo. Y puestos a decir, digo que me sobran dos. Como dicho sea de paso, los dos centímetros que observo me empiezan a separar del mundo, esos dos que te dejan siempre a puertas de el sueño de sus labios, los dos kilos que quizá tenga de más o de menos, y esos justos dos centímetros que le faltan a mí falda y que la hacen tan espectacular también aquí. Entre plato y plato. Porque cada vez está más arriba y más provocadora, como si se subiera por las paredes.

 

Subirse… Y es que, ¿cómo no hacerlo? Porque si vamos a dar vueltas y vueltas sobre números y más números, mejor señores, no vengamos a este paraíso sin disfrutar de este momento, donde el único trabajo que deberíamos hacer, sería tratar de adivinar qué mil sabores se esconden tras esos pétalos de rosa que adornan nuestros platos. Y es que hace unos minutos me decían que los mejores negocios se hacen alrededor de una mesa. Quizá, aunque yo sigo pensando que hay cosas que no se deberían mezclar. Y que cada cosa a su tiempo. Y en su lugar. Como mi falda, que empieza a preocuparme pero por lo despreocupada que me siento. En esta silla en la que me siento al borde, al borde del aburrimiento y del cruce de piernas obligado que pronto va a dejar de serlo. Qué provocación si, pero pensaba mientras saboreaba un suave pétalo rosa, que comer, además de un privilegio es una suerte, pero además un placer más. Y sin ir ni ofender a la alta cocina, me quedo en el sencillo placer en la misma cocina de nuestra casa, o allí donde quieras darte el capricho o la necesidad. Ese gran placer para los sentidos, que tanto olvidamos.

 

Y la verdad, no sé si aquí conquistaremos mercados ni mundos como escucho, lo que si sé, es que a mí se me conquista antes por el estómago. O mejor aún, por los sentidos. Porque sinceramente, a mí dar vueltas y vueltas sobre números, aquí, en pleno imperio de los sentidos, no me hace salivar precisamente. Y a ti, me atrevería a decir que tampoco. Y esto es lo que quería contarte, entre sorbo y sorbo, suspiro y suspiro, a sonrisas de resignación, que hoy, si nos dejan, vamos a hacer de esta velada tan infinitamente vacía de sentido y tan ajena a la vida que corre sobre el mantel, algo mejor. Algo mucho mejor. Porque hay infinitos más grandes que otros infinitos. Esos que nos van a parecer una eternidad si, pero no de hastío ni aburrimiento… Esos que sentiremos tu y yo, como si hubiéramos estado juntos, aquí y ahora, en una breve pero infinita, deliciosa eternidad.

 

Y ahora escucha...de fondo, suena muy bajito ese tango que dice así... sentir que la vida es un soplo.... ¿lo conoces? Es de Carlos Gardel. Y casi sin querer, me agarro a ese soplo de aire fresco y me quedo pegada a él, al tango digo, con esas mismas ganas y pasión que sentimos cuando aquello que nos hace despertar, nos revuelve y hace cosquillas entre las sábanas, nos tira sin piedad de la cama y deseamos abrazarlo como si el mundo fuera a desaparecer. Porque ya puestos a decirlo todo, ya no puedo más, y mis piernas necesitan bailar, temblar como ese flan. Ese flan que espero como agua de mayo, aunque hoy sea diciembre y yo solo piense en decirte, ¿Y qué tal si lo bailamos? ¿Qué tal si nos besamos? Total, aquí nadie nos mira, aquí hoy somos solo un número, todos hablan rápido y nadie en verdad se escucha, todos se pisan las palabras, mientras yo pienso en lo bonito que es pisarnos si, pero en esos "ochos" que nos marcamos como si de repente, esto fuera Buenos Aires y nosotros, dos bailarines que se arriesgan a sentirlo todo dejándose la piel en una esquina doblada.

 

Porque tú y yo, si queremos, sabemos bailar tango sobre un alfiler. Y ahora es cuando lo que me gustaría, sería bailarlo y contigo sobre este mantel. Y gritar a todos estos comensales que ocupan el salón, que ocho, es el número más sexy hoy aquí, de el que se debería hablar, el que se debería bailar, al ritmo de esas notas que nos empapan suaves y lloviendo pétalos sobre nuestros platos, si…de rosas y rojas. Ese paso, tan antiguo como necesario, ese que imagino arrastrado suave e insinuante bajo nuestros pasos acompañados y cadera con cadera. Ese paso cuando nos condensamos en miradas y palabras escuchadas, en pasiones compartidas que arden bajo nuestros pies, ajenas al tiempo, compartidas y vividas como esas cosas que solo se viven una vez. Con todos los sentidos encendidos y la mente abierta. Llámame loca. Eso es crecer, eso es conquistar mercados, eso es liderar el mundo. Así lo siento yo, mientras espero emocionada el postre, a ver si así al menos, nos llevamos un buen sabor de boca.

 

Y así, entre tanto y tanto pensarte, tanto bailarte, sigo temblándote. Al abrigo de este cálido pensamiento que se hace burbujas en la sangre que sube hasta mis venas. Porque sigo quieta, absorta y con la falda muy corta. Y como esas cosas que de repente te sacuden, como esas cosas que te hielan la sangre, esas cosas impredecibles de la vida misma, un “mejor si por favor nos traen ya el café que tenemos prisa…”, me saca de golpe de mi ensoñación.

 

 ¿¿Prisa??...Después de haber pasado horas entre plato y plato, acto y acto, lo mejor de la vida que dicen, que llega al final, o eso de estar por venir, el postre, ese dulce sabor con el que irse, en el que quedarse, resulta que, si es que lo hacemos… ¿Ahora vamos a hacerlo con prisa?

 

No, no, no….Perdónenme señores, el mundo se equivoca. Porque yo aprendí bien el protocolo, a utilizar los cubiertos, a dejar mensajes al camarero en el plato, en horizontal, vertical y diagonal. A colocar bien la servilleta, a no hablar con la boca llena, a cruzar las piernas y a estarme quieta. Porque la buena educación es un grado si. Pero vivir, que yo sepa, hasta hoy es urgente. Urgente y necesario. Así que queridos señores, siento interrumpir, con educación y sin pestañear, para decirles que los placeres, mejor de uno en un por favor, que yo para esto no tengo prisa y que tú y yo, aún nos debemos ese baile. Ese baile de sensaciones, que apenas durará un breve tiempo. Pero que tú y yo sabemos, haremos infinito. Aunque hoy digan que infinito, no es número.

 

Y es que, ay… si me escuchara el de estas letras que aún suenan, tararearle que veinte años no son nada, cuando aquí apenas veinte minutos se han convertido en una eternidad… Y yo, te lo digo así muy bajito y pestañeándolo todo, que sigo pensando que lo mejor, lo que esperamos con más ganas es eso que aceptamos como postre. Porque alguien debió decidir que lo salado va primero, y lo amargo, prefiero no pensarlo. Pero como final, lo dulce nunca está mal, lo sabemos. Pero lo que quizá aún no sepas con toda esta prisa y montaje, es que el postre, siempre eres tú. Lo sabemos. Nosotros que sabemos lo impredecible de la vida, que quizá mañana ya no estemos, que sabemos lo importante de cada momento, hace tiempo que nos desayunamos el postre en la cama cada mañana, sin importar que las migas lo llenen todo de risa, que comemos con las manos si hace falta en un picnic en la playa, que para hacer números ya tenemos el papel que todo lo soporta o la mesa de oficina, pero para lo demás, ¿dónde vamos a ir a parar?

 

Y es que eso que te sirven como postre, no es más que la vida misma, esa que elegimos cada día si nos hacemos libres de esa prisa y damos rienda a la fantasía, esa que hoy me tiene quieta y sentada en esta silla. Ella es ese momento que se siente lleno de una textura sedosa, cremosa, ligera, y con un caramelo suave, que endulza y baña…Que baila sobre el plato, esperando que la pruebes. Dicen que el secreto está en hacerlo con la temperatura adecuada, con mimo y cuidado, con cariño, para que al agua no burbujee y luego quede perfecto, sin esos antiestéticos hoyuelos, que dicen. Y ahí, no les doy la razón. A mi me encantas cuando sonríes, cuando veo tus hoyuelos y hasta cuando se te quema el caramelo. A mi lo que me importa, lo único que me importa, es que siempre dejas esa sabor dulce, ese momento en que perderme, ese tan bonito y único.

 

 

Asi que da igual donde estemos. Vibremos, temblemos y bailemos, en cada día que vivimos, que nosotros elegimos, como se nos antoje hacerlo... Como en ese tango de Gardel ahora suena, ¿lo recuerdas? Ese que acaricia y que hoy se nos permite bailarlo intenso, a fuego lento, sobre un alfiler o un mantel. En Buenos Aires o aquí, donde hoy nadie nos mira. Qué importa si lo hacemos con esa misma emoción cada vez que siempre lo hacemos, nos dejamos ir, si tú vida, que estás en todo lo que nos rodea, seduces solo por existir. Cómo negarte esta noche si ya muchas veces te relegamos al último acto, al último lugar del menú, donde a duras penas alcanza, al que hay que reservarse para llegar con ganas.

 

Asi que míranos, ahora que nos van a permitir disfrutar nuestro momento. Porque yo te miraré así, con la cucharilla entre los labios como si estuvieras prohibido. Tú, me miras entregado al placer de deshacerte en terciopelo entre los míos, con el inevitable saber y sabor de tu destino. Yo, con el deseo de sentir el límite en que te fundes entre saliva y cucharilla. Tú, con tu baile tembloroso sobre una alfombra de azúcar quemada a fuego, con tu piel fría y dorada, a punto de caramelo. Tú, mi placer consentido, con la pasión de hacerme temblar con todos los sentidos, mis piernas como un flan.

 

¿Helado de violetas? No, gracias. Hoy quiero tus besos, esos que temblorosos, saben a flan con nata. Con pétalos por favor. A fuego lento y hecho con mucho amor. Y si es posible, cucharilla para dos,...y mucho caramelo por favor. Que lo de poner números a la vida es cosa de ellos hoy, pero la pasión, esa la pondremos tú y yo.

 

 

Mai

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